Barrio porteño de Almagro, Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, el edificio tiene dos accesos: uno por la calle Flanklin y el otro por Ramos Mejía. Ambas entradas tienen la fachada destruida, la pintura vieja y desgastada, aires acondicionados antiquísimos y una bandera argentina andrajosa, sólo se puede distinguir la insignia porque flamea en un mástil. La primera impresión es de una “casa tomada” al mejor estilo Julio Cortázar y no una casa de altos estudios. ¿Cómo es la gente estudia allí?, ¿Cómo es adentro?
Gente que va y viene, todos tienen entre 20 y 30 años, hay muchos grupitos hablando, algunos se ríen, otros conversan ansiosamente. Hoy es una fecha especial porque se toman los finales de turno de mayo. La mayoría tiene puesto zapatillas y jeans, libros en la mano, apuntes, fotocopias y resúmenes. Mientras que unos fuman, otros mascan chicles, toman mate, comen galletitas.
Tanto en los pasillos como en las aulas se advierte el mismo patrón que en la fachada: pintura gastada, paredes escritas, suciedad. En los corredores hay muebles para que los alumnos se sienten, escritorios de las agrupaciones políticas, carteles pegados en los tirantes del techo, los muros, las puertas de las aulas, los pisos. Absolutamente todo se encuentra cubiertos por pancartas, anuncios, invitaciones y reclamos, literalmente hay un diálogo entre todas las inscripciones.
Si bien esta situación edilicia es una constante entre las facultades de la Universidad de Buenos Aires, la sede de Sociales de Parque Centenario tiene una mística especial, tanto a los alumnos como a los docentes, no parece afectarles en demasía las condiciones en las que cursan: si las sillas están rotas se sientan en el piso, si no anda el ascensor suben por la escalera. Tienen una especie de voluntad sobresaliente por estudiar y apoyar a la educación pública. En este mundo despiadado es como un oasis en el desierto.
Gente que va y viene, todos tienen entre 20 y 30 años, hay muchos grupitos hablando, algunos se ríen, otros conversan ansiosamente. Hoy es una fecha especial porque se toman los finales de turno de mayo. La mayoría tiene puesto zapatillas y jeans, libros en la mano, apuntes, fotocopias y resúmenes. Mientras que unos fuman, otros mascan chicles, toman mate, comen galletitas.
Tanto en los pasillos como en las aulas se advierte el mismo patrón que en la fachada: pintura gastada, paredes escritas, suciedad. En los corredores hay muebles para que los alumnos se sienten, escritorios de las agrupaciones políticas, carteles pegados en los tirantes del techo, los muros, las puertas de las aulas, los pisos. Absolutamente todo se encuentra cubiertos por pancartas, anuncios, invitaciones y reclamos, literalmente hay un diálogo entre todas las inscripciones.
Si bien esta situación edilicia es una constante entre las facultades de la Universidad de Buenos Aires, la sede de Sociales de Parque Centenario tiene una mística especial, tanto a los alumnos como a los docentes, no parece afectarles en demasía las condiciones en las que cursan: si las sillas están rotas se sientan en el piso, si no anda el ascensor suben por la escalera. Tienen una especie de voluntad sobresaliente por estudiar y apoyar a la educación pública. En este mundo despiadado es como un oasis en el desierto.
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