Este domingo 2 de junio, la 36º feria del libro atrajo a miles de personas.
Hacia las 16 hs, la fila para poder acceder al predio de la Rural, era interminable.
La gente no podía creer la extensión de la cola y muchos se preguntaban si la estaban haciendo correctamente. Todo era confuso, los dos ingresos de la feria, uno por Cerviño y el otro por Sarmiento, estaban colapsados.
Mientras la fila avanzaba, que de hecho lo hacía bastante rápido, la multitud que esperaba, era invadida por diferentes folletos, vendedores de comida, gaseosas, etc.
Algunos de los volantes que se repartían tenían títulos como: “Salvemos a Crítica”,“Afiliarse a Proyecto Sur, es contribuir con estas 5 grandes causas:”, otros eran folletos relacionados con promociones y ventas de libros.
La vereda y las calles estaban sucias, repletas de papeles y restos de lo que la gente consumía.
Al llegar a la entrada, luego de haber recorrido cientos de metros, la larga fila se dividía en dos. La mayoría pasaba por el lado derecho, mientras que unos pocos lo hacían por el izquierdo. Éstos últimos eran aquellos que se habían ganado la entrada a través de un sorteo o concurso de algún medio gráfico.
Los que debían pagar la entrada, que lo hacían por donde iban casi todos, se acercaban a las boleterías que eran custodiadas por la gente de seguridad. Ésta indicaba en forma efusiva aquellas cajas que estaban vacías para acelerar la entrada a la feria y no se entorpezca el paso. Algunos de los hombres a cargo de la vigilancia gritaban, hacían ademanes y no se dirigían público de forma tan cordial.
Una multiplicidad de personas traspasaban hacia el interior de la feria. Desde ancianos hasta niños. Cada uno con sus propias expectativas, sus preocupaciones por encontrarse con los que habían coordinado para ir, sus ansiedades por saber si encontrarían lo que habían ido a buscar.
Entre los que estaban ingresando, de repente se vieron dos situaciones, casi encadenadas, que atrajeron la atención de la mayoría de las personas que rondaban el lugar: primero, un hombre que quiso acceder sin entrada y tuvo que ser demorado y retirado hacia un costado y luego una anciana que cayó al piso y enseguida dos personas la ayudaron a levantarse.
Al entrar a la Feria cada uno podía elegir hacia qué sector dirigirse, desde los Pabellones (Azul, Verde, Amarillo, Rojo y Blanco) hasta el Hall Central, más tres carpas exteriores. También se podía ingresar a las salas de actos; en una de ellas Felipe Pigna estaba dando una exposición y la fila que había para acceder también era eterna. El cansancio de los que esperaban afuera se empezaba a sentir. Muchos estaban sentados en el piso, casi tirados, otros iban y venían a algún kiosco para comprarse algo para beber o comer, otros hablaban con sus compañeros más cercanos para que el tiempo se pasara más rápido.
En un stand se podía escuchar una explicación acerca de un experimento con distintas sustancias químicas y la gente que estaba sentada allí en las computadoras que había en el lugar, lo que menos hacía era prestar atención a la exposición: algunos revisaban sus correos personales, otros entraban a su facebook, otros navegaban por distintos sitios.
La oferta de libros y otras actividades culturales es enorme, pero la gente mira y observa más de lo que compra o participa.
Hacia las 16 hs, la fila para poder acceder al predio de la Rural, era interminable.
La gente no podía creer la extensión de la cola y muchos se preguntaban si la estaban haciendo correctamente. Todo era confuso, los dos ingresos de la feria, uno por Cerviño y el otro por Sarmiento, estaban colapsados.
Mientras la fila avanzaba, que de hecho lo hacía bastante rápido, la multitud que esperaba, era invadida por diferentes folletos, vendedores de comida, gaseosas, etc.
Algunos de los volantes que se repartían tenían títulos como: “Salvemos a Crítica”,“Afiliarse a Proyecto Sur, es contribuir con estas 5 grandes causas:”, otros eran folletos relacionados con promociones y ventas de libros.
La vereda y las calles estaban sucias, repletas de papeles y restos de lo que la gente consumía.
Al llegar a la entrada, luego de haber recorrido cientos de metros, la larga fila se dividía en dos. La mayoría pasaba por el lado derecho, mientras que unos pocos lo hacían por el izquierdo. Éstos últimos eran aquellos que se habían ganado la entrada a través de un sorteo o concurso de algún medio gráfico.
Los que debían pagar la entrada, que lo hacían por donde iban casi todos, se acercaban a las boleterías que eran custodiadas por la gente de seguridad. Ésta indicaba en forma efusiva aquellas cajas que estaban vacías para acelerar la entrada a la feria y no se entorpezca el paso. Algunos de los hombres a cargo de la vigilancia gritaban, hacían ademanes y no se dirigían público de forma tan cordial.
Una multiplicidad de personas traspasaban hacia el interior de la feria. Desde ancianos hasta niños. Cada uno con sus propias expectativas, sus preocupaciones por encontrarse con los que habían coordinado para ir, sus ansiedades por saber si encontrarían lo que habían ido a buscar.
Entre los que estaban ingresando, de repente se vieron dos situaciones, casi encadenadas, que atrajeron la atención de la mayoría de las personas que rondaban el lugar: primero, un hombre que quiso acceder sin entrada y tuvo que ser demorado y retirado hacia un costado y luego una anciana que cayó al piso y enseguida dos personas la ayudaron a levantarse.
Al entrar a la Feria cada uno podía elegir hacia qué sector dirigirse, desde los Pabellones (Azul, Verde, Amarillo, Rojo y Blanco) hasta el Hall Central, más tres carpas exteriores. También se podía ingresar a las salas de actos; en una de ellas Felipe Pigna estaba dando una exposición y la fila que había para acceder también era eterna. El cansancio de los que esperaban afuera se empezaba a sentir. Muchos estaban sentados en el piso, casi tirados, otros iban y venían a algún kiosco para comprarse algo para beber o comer, otros hablaban con sus compañeros más cercanos para que el tiempo se pasara más rápido.
En un stand se podía escuchar una explicación acerca de un experimento con distintas sustancias químicas y la gente que estaba sentada allí en las computadoras que había en el lugar, lo que menos hacía era prestar atención a la exposición: algunos revisaban sus correos personales, otros entraban a su facebook, otros navegaban por distintos sitios.
La oferta de libros y otras actividades culturales es enorme, pero la gente mira y observa más de lo que compra o participa.
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