Barrio porteño de Palermo, es martes, hay sol y son las 13.45 de la tarde. Entrada de la calle Sarmiento del predio de La Rural, la gente está esperando para ingresar a la Feria del Libro. Sobre la vereda hay dos carros de venta de choripanes y hamburguesas, un vendedor de garrapiñadas y otro de gaseosas. Promotoras que van y vienen, caminan apuradas, todas con tacos altos y camisas con el logo del stand al que pertenecen. Hombres de traje oscuro, chicos con guardapolvo, maestras, maestros y adolescentes con el uniforme del colegio. Muchas son las personas que están haciendo la cola para entrar a la exposición, son el atractivo de los automovilistas y los pasajeros de los colectivos que esperan que el semáforo se ponga en verde.
Vuelan las palomas por todos lados, un hombre de unos sesenta años, vestido con un jean clarito con manchas marrones a la altura de las rodillas, zapatillas de lona gastadas, remera verde y una gorra con visera, se acerca uno por uno ofreciendo poseías de su autoría. Son unas fotocopias en hoja oficio, que tienen mucho texto, todo junto, escrito a máquina, una foto de él tres cuarto perfil como de DNI, dibujos hechos a mano y palabras sueltas que dicen: paz, poesía, literatura, sos amor y necesito ayuda económica urgente. El valor es de cinco pesos, el hombre asegura que es lo más barato que se puede comprar en la feria. Sigue la espera.
A la izquierda de la puerta central del predio se encuentra un patrullero de la Policía Federal, tres oficiales afuera del mismo, miran con rostros de cansancio y aburrimiento. Todavía no puede ingresar el público. Sin embargo, los dos hombres de seguridad le abren las puertas a seis representantes de la Marina Argentina, entre ellos, hombres y mujeres con uniformes color beige. Seguido a esto, ingresa una abuela de Plaza de Mayo, imposible no reconocerla con el característico pañuelo atado en su cabeza. Siguen revoloteando las palomas.
Una viejita con escarapelas en un bolsito pasa pidiendo colaboración para “los chiquitos enfermos del corazón” algunos le dan dos pesos, otros, monedas pero la mayoría no le da nada. Son las dos en punto, llegó el momento, ya se puede entar.
Vuelan las palomas por todos lados, un hombre de unos sesenta años, vestido con un jean clarito con manchas marrones a la altura de las rodillas, zapatillas de lona gastadas, remera verde y una gorra con visera, se acerca uno por uno ofreciendo poseías de su autoría. Son unas fotocopias en hoja oficio, que tienen mucho texto, todo junto, escrito a máquina, una foto de él tres cuarto perfil como de DNI, dibujos hechos a mano y palabras sueltas que dicen: paz, poesía, literatura, sos amor y necesito ayuda económica urgente. El valor es de cinco pesos, el hombre asegura que es lo más barato que se puede comprar en la feria. Sigue la espera.
A la izquierda de la puerta central del predio se encuentra un patrullero de la Policía Federal, tres oficiales afuera del mismo, miran con rostros de cansancio y aburrimiento. Todavía no puede ingresar el público. Sin embargo, los dos hombres de seguridad le abren las puertas a seis representantes de la Marina Argentina, entre ellos, hombres y mujeres con uniformes color beige. Seguido a esto, ingresa una abuela de Plaza de Mayo, imposible no reconocerla con el característico pañuelo atado en su cabeza. Siguen revoloteando las palomas.
Una viejita con escarapelas en un bolsito pasa pidiendo colaboración para “los chiquitos enfermos del corazón” algunos le dan dos pesos, otros, monedas pero la mayoría no le da nada. Son las dos en punto, llegó el momento, ya se puede entar.
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