viernes, 7 de mayo de 2010

Crónica de Mariana Luna

El objetivo de la Feria del Libro es acercar al lector con el escritor. De que lectores hay no queda duda o al menos eso parece ya que entrar al prediode La Rural en donde se lleva a cabo su trigésimo sexta edición, se torna complicado. Gran cantidad de gente ingresando; personas de todas las edades concurren cada año a esta exposición: familias enteras, grupos de adolescentes, ancianos pero solo algunos van a encontrarse realmente con el autor.
En sus comienzos la feria solo recibía alrededor de ciento cincuenta mil visitantes, este año, un día de domingo como hoy, se siente como si la mitad de ese número circulara por los pasillos de la feria. La caminata a través de los distintos sectores en los que esta organizada se ve interrumpida por algún empujón o se obstaculiza debido a las filas en varios stands con distintas actividades.
La masificación del evento es notoria también con los llamativos carteles de sus auspiciantes esparcidos desde la entrada hasta el lugar menos esperado como el baño (el evento en si parece un evento de publicidad y tecnología). Principalmente en la antesala del auditorio, allí puede observarse la mayor de todas las publicidades perteneciente a una importante marca de gaseosa. Su dimensión ocupa gran parte de la atención del sector y se ve acompañado por detalles brillantes colgando alrededor muy cerca del techo. Pero al mismo tiempo, el inmenso cartel pasa desapercibido al mirar la gente colocarse una tras otra formando una fila. Algunos directamente sentados, otros conversando entre sí, esperando para entrar en la sala principal de conferencias. Esta fila sigue hasta afuera e incrementa su número a cada momento, parece que todos los concurrientes se hubiesen reunido allí.
El tiempo de espera fue por casi mas de media hora, la mayoría aguardo impacientes, ansiosos. Finalmente, se habilita el ingreso, las primeras hileras de butacas son las mas codiciadas. En un instante la sala se encuentra llena, parece un espectáculo de cine o teatro. De un momento a otro el historiador Felipe Pigna asoma en el escenario y la gente lo recibe, como si fuese un actor, para la presentación de su libro. La audiencia escucha silenciosa y atenta.Veinte minutos más tarde la mitad de la sala se encuentra vacía, evidentemente el acercamiento lector-autor duró muy poco.

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