viernes, 7 de mayo de 2010

Crónica de María Inés Vasquez

Contrastes en la Feria del Libro

Ingresar a la Feria del Libro es toda una odisea. En el exterior, una larga cola de gente avanza lentamente, por un especio que difícilmente podamos identificar como agradable. Los cestos de basura, repletos a desbordar, justifican lo injustificable; decenas de papeles que cubren el suelo. La gente no se caracteriza por ser amable, sino todo lo contrario, si te descuidas dos segundos podes llegar a perder tu lugar en la fila. ¿Este es el espíritu que rodea la Feria del Libro?

Una vez cruzado ese espacio que divide este exterior tan poco auspicioso y el interior que, hasta el momento, es toda una incógnita, el panorama es sorprendentemente nuevo. Por empezar, no hay un solo papel ni nada que se le parezca en el suelo. Tampoco hay gran cantidad de cestos de basura ni personal de limpieza deambulando. Entonces, ¿cómo que es lo que sucede? Porque es la misma gente que hace la fila en el exterior, y descuida todo lo que la roda, la que luego se comporta tan civilizadamente en el interior de la exposición. ¿Será que los libros son tan poderosos como para lograr esto? Porque no hay otra cosa que lo explique.

¿Será que los buenos modales verdaderamente expresan el nivel de conciencia que tiene una persona hacia la dignidad de los demás? ¿O nada le importan los demás y es sólo una pantalla de lo que son? La segunda opción concuerda más. Los buenos modales son sólo una pantalla de lo que las personas realmente son, y el contexto condiciona notablemente. No es la Feria del Libro en particular lo que hace que las personas se ‘comporten civilizadamente’ dentro de ella, sino que mucho tiene que ver la presentación de la misma. Cuando las personas llegan al predio que rodea la exposición ya lo encuentran totalmente sucio, desprolijo y es en ese contexto en el que se adecuan. Al ingresar a la Feria del Libro, y experimentar un panorama totalmente distinto, las personas simplemente se adecuan a ese contexto. A nadie se le va a ocurrir arrojar un papel en el suelo ya que sería el primero. Eso es lo que cambia, ser el primero.

Desde ya que hay excepciones a la regla, y no nos vamos a centrar en ellas, porque ante cualquier teoría siempre hay ‘algo’ que la refuta. Sin embargo, siempre hay un prejuicio para con el otro distinto. Siempre es el otro, ‘esa persona que no está acostumbrada a estar en espacios para intelectuales’, la que provoca este desequilibrio entre el exterior y el interior. Un grupo de señoras muy ‘paquetas’ comentaban esto en un café de la feria. Hubiese sido realmente interesante que estas mujeres observaran a un ‘intelectual’ que se retiraba de la exposición. En una mano llevaba una bolsa con libros, con la otra se prendía un cigarrillo. Era el último cigarrillo, una vez cruzado el umbral, sin mirar a su alrededor, simplemente el paquete vacío se deslizó de sus manos hacia el piso. Ya no estaba en la Feria del Libro.

En estos momentos hay que dejar los prejuicios de lado, evidentemente el traje y la corbata no significan nada. Las apariencias engañan, y valla que lo hacen. Estas señoras estarían horrorizadas de ver como su ‘intelectual’ se comporta en espacios ‘no intelectuales’. Sería un agrado que las personas se comportaran igual en todos los espacios, sin importar la cantidad de libros de la que se encuentre rodeada.

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